No estaba conmovida, tampoco sus padres, después de una de esas tormentas que se llevan todo. Las moscas, la falta de comida y la búsqueda constante de trabajo constituyen un panorama común para la familia Flores. A eso se lo llama pobreza estructural. No ha cambiado mucho la situación desde que Barbarita lloró -10 años atrás- ante las cámaras. Por más que hace poco la TV Pública la expuso maquillada, con ropa que parecía nueva y en un escenario ajeno a su realidad. Así se intentó vender que ella había progresado.

Mientras Samuel Flores le mostraba a LA GACETA los restos de la casilla que había destrozado la tormenta del sábado 27 de octubre -allí vivía desde pocos meses antes Barbarita, con su hermano y su cuñada- los vecinos se iban acercando. Estaban molestos por la falta de atención y exigían ser escuchados, aunque ya se había entrevistado a cinco familias de la zona.

Luego de la publicación de LA GACETA, de la que se hizo eco todo el país, solo a Barbarita le enviaron una solución habitacional: una casilla de madera (ya la habían solicitado por expediente). Carmen Jiménez, Jesús David Pérez, Carolina Guevara y su hija, Brisa; Yohana Caballero (que en ese momento estaba a punto de parir) y su marido, Franco Gramajo; Rosa Alejandra Cajal e Iván Celiz, entre muchos otros vecinos de las 650 familias instaladas en el barrio Néstor Kirchner, no recibieron más que unas chapas, colchones y la visita de trabajadoras sociales que les prestaron la oreja.

Algunos siguen con sus maderas húmedas y el piso de barro. Saben que se viene el período de lluvias fuertes. El problema de fondo es que están asentados en una zona que se llama laguna de contención (un terreno natural formado por el cauce del agua, que sirve para que los canales puedan soportar el caudal de lo que deja la lluvia). Esa es la realidad de los vecinos del barrio Kirchner, más allá de las maderas podridas, los plásticos y las chapas oxidadas.